26 jun. 2012



Nota Publicada en Periódico Kuanip, Año 4 Nº 144. Junio 2012. Ushuaia, Tierra del Fuego.

Análisis a modo de imaginario poético sobre el libro “Hain, el mundo Selk’nam en poesía e historieta”, de Carlos Aldazábal, con la colaboración de Eleonora Kortsarz en ilustraciones.

Por Alejandro Pinto.

Una canoa, raudamente tallada en corteza de coihue magallánico, se arrima hacia la costa sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego. Sus ocupantes, una familia Yámana junto a un extraño peregrino, observan cautelosos y con cierto temor el territorio Selk´nam al que se aproximan.
Se conoce a partir de las observaciones de Antonio Pigafetta, cronista de la expedición europea al mando de Magallanes en el año 1952, lo siguiente: “un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. (…) levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo. Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas.” Salvo este último detalle, lo anterior justifica el cuidadoso sigilo de la canoa aproximándose. De la misma manera “Hain. El mundo Selk´nam en poesía e historieta” de Carlos J. Aldazábal, y con la colaboración de Eleonora Kortsarz en ilustraciones, se acerca al ventoso, humeante, y sanguíneo mundo aborigen fueguino. Se percibe entre las páginas del libro cierta cautela, y es que la vida cruda de los antiguos dueños y señores de la Isla Grande de Tierra del Fuego lo amerita.
 El autor se baja de la canoa, da algunos pasos en las aguas heladas del sur y pisa tierra. Bajo sus brazos trae algunos cuadernos con apuntes. Le pareció oír algo, es el viento o son voces o es la voz del viento. Abrió uno de sus cuadernos para repasar los párrafos resaltados bajo el título de Poesía Antropológica, eje del libro que se asemeja a un diario de viaje, literario y con ilustraciones, hacia la cultura antigua del pueblo fueguino.
Gira para despedirse de la canoa que ya desapareció. Enfrente le espera un llano por lo pronto indomable, apenas el primer desafío. A lo lejos se resuelve pequeña y azul la columna cordillerana. Detrás de aquellos otros cerros aguarda la zona boscosa y algunos lagos similares a espejos extraviados. Otra vez el viento, esta vez hablando claramente o trayendo claras voces, como las primeras olas de un gran eco, y rápidamente toma nota:
“confiaban en mis fuerzas, / por eso sus plegarias detuvieron sus males.” (Pág. 26)
Hay en el aire frío un aroma a realidad y mitología, aliento a humo onírico, chamánico. Levanta la mirada del cuaderno y ve una niña venir hacia él. Una niña desdibujada, como desencarnándose del viento, es Lola Kiepja, la misma niña que fue entre los suyos, los del infinito le han hablado y viene a mirarlo a la cara. “ahora el cazador está en su boca. //
(…) Hay que clavar un nombre en el silencio.” (Pág. 41, 42)
 Lola Kiepja, antigua y última chamán Selk´nam, lo toma de la mano y lo lleva hasta el corazón de la Isla. Recorren 100km. de infinito. Niña voz de montaña nevada y gutural con una luna en la mirada. Su cántico hizo breve, hace breve, cualquier distancia. Llegaron hasta la cabecera del enorme Lago Fagnano, en el centro de Tierra del Fuego. Él se estremece ante el paisaje que se abre hacia su pecho. A la vera del lago una cantidad de chozas cónicas, la mayoría destruidas, cada una dentro de un círculo de mariscos en el suelo; algunas fogatas apagadas y humeantes, el interminable lago allá al fondo perdiéndose a los pies de la cordillera. Y en aquellas laderas dos pequeños guanacos siendo perseguidos, rodeados, cazados. La niña desaparece, encuentra en su lugar una pequeña flecha bañada en sangre reseca, la levanta, la aprieta entre sus manos como apretándola bajo sus párpados. La flecha es de piedra y : “Y extraña esa humedad, y ya hace tanto /
no sale de caza con su dueño” (Pág. 59)
Las pequeñas e insistentes olas del lago arrastran hasta la orilla un tronco de lenga tallado. El se arrima, lo alza y siente un remolino de soledad en la palma de su mano, es un guanaco de madera, silencioso, con un silencio arraigado a un cementerio aborigen, a un museo cerrado: “Quizás en las retinas de este muerto / descansen las imágenes / de los muertos de al lado.” (Pág. 69)
Atardece, el semblante de su rostro, a la vez que se endurece recibe la luz incendiada del arrebol otoñal. Repentinamente, de un solo zarpazo, arroja piedra y cuadernos al lago y corre, se lanza a correr hacia el bosque de ñire y lenga a unos doscientos metros de allí. Corre contra el viento que le arranca algunas lágrimas de los ojos. Corre, y se agita, y entre respiro, y respiro, se le oye morder: “Nadie eleva plegarias por los árboles, / nadie enduela su voz como plegaria, / nadie rasga su pecho de corteza / en señal de congoja.” (Pág. 71)
Ya frente al bosque, contempla unos segundos la fronda azul oscura y profunda, y sigue corriendo, perdiéndose entre los árboles. Detrás suyo, a través del tiempo, se alza el poblado de Tolhuin, y más al sur, entre la cordillera y el Canal de Beagle, la ciudad de Ushuaia, y más acá, al borde del océano atlántico, Río Grande. “Contra esos vidrios arrojo una pedrada / para seguir andando.” (Pág. 77)
Y continuó corriendo bosque adentro, misterio adentro, entretejiéndose a las figuras ausentes que se dibujan entre el ramaje de los árboles, buscando quizás desenmascarar algún dios perdido y furioso. O persiguiendo alguna antigua premonición, atento al crepitar de alguna incierta fogata, incierta piedra, incierto hueso. O buscando, posiblemente, la poderosa mano de algún chamán ocultándose de la barbarie blanca, para rogarle que hable con los dioses y los alerte del olvido. O acaso ya lo habrá intuido, aquel chamán, en ensueños. Entonces, que se los describa, que se los dibuje en la tierra.
Finalmente, el libro culmina, en manos de Eleonora Kortsarz, con una traducción ilustrada del recorrido, cerrando, mejor dicho, abriendo la imaginación histórica, y entregando un envoltorio de cuero de guanaco, adentro hay cultura.



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