17 abr. 2013

LOICA

Dos Loicas simplemente aparecen, se paran sobre el mismo cable de luz, y apenas separadas por algunos metros, chillan bajo el sol llamándose como si no se vieran, hace milenios, por ninguna parte, y desaparecen.

En otoño simulan ser pequeños lobos emplumados que con sus pechos bañados en sangre abren sus picos hacia el cielo, y de una bocanada chirriante, en tres compases de hierro fundido lanzan al aire toda su altura.

Se las suele ver en la ciudad, así de solas. Si no es sobrevolando terrenos baldíos, bajando a los jardines de las casas, y con afiladísima precisión desenterrando una lombriz de un picotazo para luego de dos o tres brincos volver a desenterrar otra. La agudeza de su sentido para dar con su presa subterránea da la impresión de que si ellas quisieran adivinarían hasta el más remoto y finísimo pensamiento de quien se las queda mirando. Entonces uno ya no piensa y se queda profunda e inesperadamente persuadido. Y ella que ignorándole con toda esa inocencia de pajarraco atento y volátil, repentinamente corre su capa de ceniza parda dejándole ver su pecho ese, su pecho ese rojo ardido, su pecho encendido con ese rojo más encendido que tanto nunca jamás se le había mostrado antes, para de un segundo a otro, salir volando como un milagro. Y todo para dar a cuenta que, con toda su majestuosidad, le permitió mirar, luego de su pecho ese, sus ojos esos.

Más precisamente en invierno ocurre que una Loica sola, y ya lo dije, se comporta como si estuviese acompañada hace milenios, pero buscando a su compañía. Esto se entienda por no decir que acompañadas se comportan como si fuesen solas por naturaleza. Y chilla una, y chilla otra, pero nunca al mismo tiempo.

Y ahí va Loica solamente acompañada. Y si no se la ve sobrevolar baldíos, o bajar a los jardines, o posarse sobre los cables de luz a chillar, puede vérsela, cayendo el atardecer, y cara al poniente, como si calentara su pecho con el último tizón del día, posada sobre algún alambrado al costado del camino. Por esas horas su capa revela una luz dorada que parece una nubecita de tierra invadida por el sol, y su pecho fulge con un tono más amable, más rosáceo. Se posa sobre el último alambre y hunde su pequeña garganta bajo su pecho. Y entonces parece un poema. Un rayón blanco se prende sobre su mirada cada vez más adormecida. Loica y Loica desaparecen con la noche, mismo rumbo, cada cual por su lado.

Hasta entrado el verano no se la vuelve a ver. Y esta vez sí, sola. Y retornando siempre al mismo espía, como un aviso, chilla en la mañana, bajo el sol abierto. Sabe que la escuchan y que volvió sola. Incluso su llamado perdió cierta estridencia. Parece una campana. Una pequeña campana azul boca arriba sonando, volcando sangre fresca. Sangre roja, como nueva, sobre su pecho.


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inédito

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