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Dañino
____________________________________A Matias
Saldivia.
Era más
que obvio el desenlace, Dañino estaba aburrido.
Por eso
aparecía, y nos embocaba, así nomás.
Era ese
niño, sentado allá afuera, gigante, de unos mil años, jugando con fósforos ¿te
acordás?.
Cuando el
mundo lo vio acercarse, se supo de él. Asomó su cabezota por el cielo y con un
dedo empezó a contar los fósforos carbonizados, estrellados contra la tierra.
Los fue juntando, uno por uno, para al final arrojarlos de un manotazo al aire.
Volaron todos, se hizo de noche a las cuatro de la tarde.
Y es que
Dañino estaba aburrido.
Los
fósforos no volvieron a caer jamás. En cambio, Dañino sí, volvió, con otra cajita y un
ojo de vidrio. Vaya a saber por qué. La cosa es que volvió. Encendió uno nuevo, lo
miró, y lo soltó. A medida que caía, la bola de fuego se
desesperaba.
Algunos fósforos caían encendidos, entonces Dañino tardaba lo que tardase en consumirse la última llama de la casa o el bosque o lo que fuese que se haya prendido fuego, para encender el próximo, con una sonrisa redonda y abierta, sin sacar la mirada de encima del mundo, abriendo la cajita fría y lentamente. Pero a veces, cuando caían al mar, se apagaban con ese ruido y esa velocidad que, como al retrato de una madre, lo hacían mirar la luna quizás por horas y horas y horas y horas. El mundo aprovechaba la distracción y se echaba a dormir. Con suerte, era casi al amanecer que encendía otro, pero antes de arrojarlo movía los labios. Esos fósforos siempre se apagaban mientras caían.
Así semanas enteras o de por medio, embocándonos de prepo en sus jueguitos inocentes, con fuego, era lo que tenía. ¡Así meses y meses, años, décadas! ¡siglos! con Dañino ahí afuera.
Algunos fósforos caían encendidos, entonces Dañino tardaba lo que tardase en consumirse la última llama de la casa o el bosque o lo que fuese que se haya prendido fuego, para encender el próximo, con una sonrisa redonda y abierta, sin sacar la mirada de encima del mundo, abriendo la cajita fría y lentamente. Pero a veces, cuando caían al mar, se apagaban con ese ruido y esa velocidad que, como al retrato de una madre, lo hacían mirar la luna quizás por horas y horas y horas y horas. El mundo aprovechaba la distracción y se echaba a dormir. Con suerte, era casi al amanecer que encendía otro, pero antes de arrojarlo movía los labios. Esos fósforos siempre se apagaban mientras caían.
Así semanas enteras o de por medio, embocándonos de prepo en sus jueguitos inocentes, con fuego, era lo que tenía. ¡Así meses y meses, años, décadas! ¡siglos! con Dañino ahí afuera.
Hasta que
bueno, Dañino creció y se fue, no se supo dónde, no importó. Reinó la paz y el desaire. El mundo celebró hasta desobedecer, y por lo tanto dejar a su suerte, cierta pequeñísima y casi imperceptible nostalgia sembrada en lo más profundo de su redonda y celeste anatomía; esa nostalgia que poco ahonda en una despedida afortunada, y que sin
embargo.
En fin,
una vez supuesto que ya no volvería, que realmente Dañino no volvería, ocurre que
en el mundo se inventa el encendedor, se lo prohíbe al niño, y la tasa de
natalidad embrutece, todo al mismo tiempo.
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inédito
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